“El Círculo Infinito” de J.F. Gómez (Los que no pudieron crecer solos)
- J. Francisco Gómez

- 10 may 2024
- 3 Min. de lectura
¡Soy un salvador! Eso lo sé. Aunque la gente, mis detractores, a lo largo de los siglos me han llamado con muchos nombres, sé lo que en verdad soy. Soy la persona que los libera de una vida monótona y sin sentido, en la que todas las personas, a las que les he dado el regalo de la vida eterna, se encontraban.
Chismes han corrido sobre mí, de la misma forma en la que yo he recorrido el mundo; la grey habla de mi como si fuese una especie de demonio, un espectro del mal que atemoriza por las noches, roba el ganado y asesina a las almas que deambulan solitarias por las noches. ¡Viles mentiras! Ninguno de esos comentarios logra describir mi magnífico ser, ni mucho menos mi misericordioso y filantrópico actuar.
Esta no es una encomendación de Dios, esto es algo que hago como un servicio hacia las personas, pues, creo que algunas de ellas tienen salvación. ¡¿Qué haces?! Pienso cada vez que estos campesinos se resisten a que los libere. La lucha no dura muchos minutos y todas las veces termina de la misma forma. La sangre escurre por mi boca y sin que ellos lo noten, su alma liberada escapa de su cuerpo mundano, dejando con él esta asquerosa cloaca llamada "ciudad".
Esta llamada "ciudad" me da asco, la misma está compuesta por una sociedad corrupta, sucia y que se preocupa más por portar vestidos impecables que por hacer crecer su mente. Aunque he tratado de mirar a otro lado, intentando buscarle un sentido a esta decadente generación, creo que aquí es donde marco mi final. Seis mensajes he dejado para que algún valiente encuentre, seis cadáveres permanecerán junto a ellos como advertencia de mi poderío, dentro de seis horas el "Conde" volverá a comer, con la esperanza de que aún quede alguien en el mundo que valga la pena enfrentar.
Como lo ha hecho durante siglos, el velo de la noche cubre mi actuar y como si fuera una plaga para los hombres, hoy he saciado mi hambre y he liberado a otra alma, repitiendo este círculo infinito. Expectante ahora que he dejado los mensajes, comienzo a tomarme más tiempo para salvar a las personas. El ritual actualmente es más tardado, en espera de la persona que logre liberarme, a mí, de esta vida.
Los días ahora pasan lentos, la paciencia no es una característica que me defina y el esperar a que llegue ese alguien que me encuentre, enfrente y libere, ahora parece más ser un sueño que una posibilidad. Nuevamente hoy repito el círculo infinito. Un hermoso cuello de una bella doncella es donde hoy planto mis colmillos; ya no fue seleccionada porque mereciera ser salvada. Desde hace un tiempo, mis víctimas son elegidas meramente por sus atributos físicos. ¿La “ciudad” me ha cambiado? ¿O lo ha hecho mi espera? La mujer me mira lobotomizada, justo cuando me alejo de ella y la sangre escurre por mi boca.
Mi trabajo cada vez es más sucio, nada logra complacerme, mi ciclo ha perdido todo su romanticismo; el matar a estos campesinos ya no es más que un deporte para mí. Muchos de ellos sólo mueren para mi entretenimiento. Hoy he vuelto a alimentarme, intentando regresar a los momentos en los que me consideraba a mí mismo un salvador, en los que creía que mi actuar era un servicio a la comunidad, pero en ese entonces me engañaba. El dejar esos mensajes sacó a relucir mi verdadero rostro, el rostro que los chismes creían ver, ahora es una realidad.
La noche vuelve a caer y salgo junto a ella. Una farola es mi escenario y la fría noche mi espectadora. La víctima fue atraída hacia mí como las moscas a la suciedad. La sangre escurre por mis labios y los gritos de la mujer se pierden entre los callejones de la “ciudad” y ahí es cuando escucho algo que hace revivir este corazón no vivo. — ¿Qué haces? — Mi rostro esboza una sonrisa al ver que mi encuentro tan anhelado ha llegado. — ¿Me encontraste? — Pregunto al escuchar el martilleo de una revolver, la cual, me liberará, por fin, de esta realidad mundana.


Este estuvo interesante, la verdad al principio creí que el vampiro era un loco narcisista, pero me alegró saber que en el fondo sabía que se engañaba.